Un día, de uno de los meses del verano del año 1979, que no puedo definir con precisión ya que la memoria me traiciona para recordar fechas puntuales, recibí a temprana hora del día una llamada de emergencia por radio pidiéndome que fuera a evacuar lo antes posible a una nativa parturienta con complicaciones, de un poblado de la selva de Loreto a orillas del río Napo.
En esa época yo era piloto de una institución filantrópica extranjera que operaba en la selva peruana dedicándonos principalmente a la evacuación de enfermos y heridos de localidades apartadas y de difícil acceso, a donde pudieran recibir una adecuada atención médica procurando salvaguardar la vida y la salud de gente necesitada y sin recursos económicos.
No había tiempo que perder por que la demora en trasportar a la mujer podría costarle la vida a ella y a su hijo en camino, así que mi ayudante y yo preparamos rápidamente el vuelo y despegué al promediar la mañana desde el río Itaya en Iquitos, donde teníamos base, en nuestro hidroavión monomotor Cessna 206 para buscar a la futura madre y transportarla a Iquitos para que fuera atendida por los médicos en el hospital. Ascendí hasta los 4,000 pies para volar sobre selva virgen directo hasta la misión Santa Clotilde donde esperaba mi ocasional pasajera.
Luego de poco más de 40 minutos llegué a mi destino y sobrevolé el poblado dando cuenta de mi llegada para que lleven a la gestante a la balsa donde acoderaría. Hice el acostumbrado pase sobre el río para identificar la dirección del viento por el color de la vegetación y por el espejo de agua en la orilla y acuaticé en las caudalosas aguas que tiene el río Napo como importante afluente del Amazonas.
Una vez que bajé del avión y mientras lo aseguraba a la balsa llegó la paciente una mujer nativa con el rostro visiblemente descompuesto por el dolor, tenía 22 años y era traída en hombros por otros nativos, acompañada por su esposo de 25 años y por el padre Euclides misionero católico canadiense, de avanzada edad, hombre muy carismático, con bondad de santo y con quien tenía una buena amistad, él me dio las indicaciones propias del caso y subimos a la mujer y a su esposo al avión para despegar apresuradamente con dirección a Iquitos donde nos esperaría una ambulancia con el personal medico para trasladarla al hospital y atenderla adecuadamente.
Pero ocurrió lo inesperado para mí, estando en pleno ascenso después del despegue con intención de llegar a los 5,000 pies y retornar a Iquitos por la misma ruta, la mujer empezó a dar gritos desgarradores por el dolor y el esposo evidentemente preocupado e impotente no sabía que hacer ante la situación, empeorada por el miedo que sentían al volar por primera vez. Yo tampoco podía hacer nada por atenderlos por que estaba piloteando el avión, y ellos poco o nada hablaban de castellano lo que complicaba más las cosas, entonces opté por mantenerme volando a 1,000 pies de altura sobre la vertical del río para poder acuatizar sin mayor demora en algún lugar en un momento determinado si fuera lo oportuno, aunque esto demoraría más el vuelo, en vez de cruzar directamente sobre la selva virgen por donde no tendría ninguna posibilidad de hallar donde acuatizar si fuera necesario.
Volar tan bajo a medio día en la selva con una temperatura exterior de 37 grados centígrados tiene sus inconvenientes por que se estaban formando las nubes cúmulos que ocasionan mucha turbulencia y volando por debajo de ellas el avión se movía tremendamente afectando los nervios de mis inexpertos pasajeros, pero no quedaba otra ante el constante aumento del dolor de la joven primeriza, que me hacia pensar que el evento se desencadenaría en cualquier momento y tendría que acuatizar cuanto antes.
Afortunadamente conocía bien la zona y muchos de los poblados nativos en los que podría bajar si no quedaba otra opción, y con un poco de suerte encontraría alguna mujer mayor con experiencia que pudiera atender el parto si no fuera posible llegar a Iquitos.
Estábamos volando 25 minutos poco más o menos y ocurrió lo que rogaba que no ocurriera, se rompió la fuente y el liquido emanaba de la mujer deslizándose entre sus piernas por el piso del avión, el esposo asustado me avisó con gestos y hablando en su lengua nativa de las que yo pocas palabras entendía, pero era notorio que el momento había llegado y también el momento de tomar la decisión indicada, pero… ¿Cuál era?
El padre Euclides me había dicho antes de despegar que el bebé venía en mala posición y quien sabe con que otras complicaciones. Faltando algo más de media hora para llegar al río Itaya en Iquitos y de ahí en la ambulancia al hospital otros tantos minutos, yo pensé que era demasiado tiempo para que el niño pudiera resistir y los gritos de dolor de la madre se tornaron aterradores, dada la circunstancia.
La situación era verdaderamente angustiante y había que sopesarla rápidamente para decidir que iba a hacer.
Tenía abordo a una mujer indígena a punto de parir con complicaciones, un marido asustado con quien solo me podía comunicar por medio de señas y una que otra palabra mal hablada y yo piloteando por un lado y atendiendo un caos por otro. Entonces me dije, Pablo no hay nada que pensar, aquí estamos y aquí nos bajamos y a la buena de Dios, así que acuaticé en cinco minutos, gracias a que estaba volando bajo, en la Aldea de Puca Barranca, otra localidad nativa también sobre el río Napo, enfilé el hidroavión hacia la orilla y lo encallé lo suficiente para bajarnos.
Inmediatamente, como es costumbre, varios pobladores se acercaron y el marido en su dialecto les explicó lo que sucedía y yo en un castellano bastante peculiar les preguntaba si había alguna partera que nos ayude.
Una mujer anciana y otra de mediana edad se ofrecieron a ayudar pero dijeron que no podían hacerlo solas si el bebé “no salía”, según lo que yo entendí. Entonces me hice otra pregunta a mí mismo y en silencio ¿si estás mujeres dicen que no pueden hacerlo solas y nadie más acá dice “esta boca es mía” en quien están pensando para que atienda el parto? No podía dejar pasar más tiempo por que se agravaba el estado de la madre y del niño, vi a mí alrededor a todos los presentes y la respuesta era obvia, ellas se referían a mí.
Bueno pues, no había otra cosa que hacer que encomendarse a Dios y a la Virgen María y hacer lo posible para evitar que ocurra un hecho muy triste que lamentaría el resto de mi vida, aplicando lo que había aprendido en teoría para casos así, por que si no se hacía algo rápido, la criatura se convertiría en un no nato y quizás la madre dejaría de existir.
Para ese momento me había convertido inopinadamente y sin desearlo en el director y coprotagonista de la dramática escena a la que todos los participantes deseábamos dar un final feliz, pero del dicho al hecho hay mucho trecho por recorrer y había que hacerlo.
A pesar de que todo esto transcurría en breves minutos, para mí parecía una eternidad durante la cual pasaban por mi mente muchos pensamientos, sobre que podría ocurrir un fatal desenlace del cual yo resultaría siendo un casual responsable, más, cuando sentía que los ojos te todos los nativos a mi alrededor clavaban sus miradas en mí como si yo fuera la solución, por que hay tres personajes procedentes de la “civilización” circunstancialmente respetados en la selva por los nativos, el cura, el médico y el piloto y no habiendo en el lugar cura ni médico el único que quedaba era yo, el piloto, un respeto que en ese momento no deseaba.
Así que, no quedando otra alternativa, en medio de la conmoción del momento, llevamos a la joven embarazada ayudados por algunos de los aldeanos a una de las típicas chozas de la aldea, hecha de palos de madera, cañas y techo de paja, donde quedamos con ella, el esposo y yo acompañados por las dos mujeres voluntarias para realizar la inesperada intervención “medica”.
La recostamos en el piso sobre una petaca bastante limpia para la ocasión y coloqué bajo su espalda una vetusta almohadilla que había por ahí, hecha quien sabe de que, para ponerla en una posición más apropiada que facilite las acciones por venir. La mujer anciana levantó la ligera vestimenta de nuestra fortuita paciente y le dio indicaciones a la otra “voluntaria” para que tomara la pierna derecha mientras ella hacia lo mismo con la izquierda separándolas cuidadosamente e instruyó al esposo para que se coloque tras la cabeza de su esposa recostando esta en su regazo y le cogiera los dos brazos y yo arrodillado entre las piernas de la mujer esperando un milagro ante la atenta mirada de un guacamayo que seguramente era la mascota de los “dueños de casa” que rondaba por el rustico techo parloteando cual narrador de noticias para el curioso publico que esperaba afuera el resultado final.
La joven, que esperábamos todos se convirtiera en madre, no dejaba de manifestar su dolor en ningún momento por medio de quejidos que entraban en mis oídos como cuchillos en mi espalda mientras yo trataba de mantener la serenidad en lo posible para no cometer errores que lamentar. Es gracioso para mí llamarla “la joven” ahora que narro esta historia después de tantos años, por que en ese entonces yo tenía la misma edad que ella, 22 años.
La nativa anciana convertida en mi eventual asistente de parto, masajeaba cariñosamente el vientre de “nuestra paciente” con su mano derecha mientras que con la izquierda sostenía con firmeza la pierna que le correspondía, yo por lo pronto introduje mi dedo índice derecho por la vagina procurando sentir lo que estaba ocurriendo en su interior, sin dejar de rezar pidiendo el tan ansiado milagro.
En ese momento mi anciana y muy útil asistente tomó mi mano izquierda que tenía apoyada sobre el costado derecho del embarazado vientre y la jaló poniéndola sobre el costado izquierdo donde sentí un bulto duro y haciéndome señas a la vez que me hablaba sin entenderla, comprendí que se trataba de la cabeza de la criatura, simultáneamente llamó a otra mujer que estaba fuera, esta entró velozmente y después de escuchar sus indicaciones, tomó la pierna izquierda que la anciana sujetaba para permitir que ya con las dos manos libres se dedicara a realizar unos muy experimentados masajes sobre el vientre gestante, a todo esto yo con el dedo que tenía introducido en ella empezaba a sentir el roce de lo que considerábamos que era la cabeza y luego de no se si pocos o muchos minutos, pues había perdido por completo la noción de tiempo, ocurrió el milagro, el inmenso milagro que Dios y la Virgen María atendiendo mis súplicas me estaban concediendo; la cabeza del niño se deslizó con cierta fuerza que pude sentir en mi dedo, retirándolo de inmediato para dejar el camino libre para su “salida” y apareció ante mi la cabecita, en medio de las pujadas y los quejidos de la nueva madre, pero todavía no todo era color de rosa, la criatura salió un poco más y se quedó atorada a pesar de mis esfuerzos por jalarla lo más cuidadosamente posible, pensé que podría tener el cordón umbilical estrangulándolo o algo así pero luego de revisar y palpar su cuello noté que no lo tenía ahí, continué tratando de jalarlo y de girarlo un poco y salió, bendito sea Dios dije yo y sin duda los demás también.
Era un niño menudo que empezó a llorar y coloqué en brazos de mi “asistente” más joven , luego amarré el cordón umbilical en dos partes con una soguilla de chambira (fibra de palmera muy usada por los nativos de la selva) que colgaba de una de las viguetas del techo de la choza y lo corté entre los dos amarres con una navaja que llevaba siempre conmigo y que pasé previamente por la llama de un mechero en una instintiva reacción para desinfectarla en lo posible, aunque ciertamente por las condiciones en las que estábamos asistiendo el parto daba lo mismo. Mi segunda “asistente” envolvió al niño en una tela a medio tejer y lo entregó a la anciana que a su vez lo entrego en los inquietos brazos de su madre ante la atónita mirada de su padre y de la mía claro está.
Pero la aventura todavía no terminaba, la placenta no aparecía por ninguna parte y yo no iba a esperar a que se digne aparecer, así que me lavé mis ensangrentadas y grasas manos en la olla con agua caliente que previamente nos habían traído y dí instrucciones de que teníamos que irnos de inmediato a Iquitos para que la madre y el niño fueran atendidos.
En medio de una espontánea y muy reconfortante algarabía de todos los presentes y mediando los agradecimientos del caso, como un emocionado beso y abrazo que dí a mi anciana asistente, abordamos el avión y despegamos rumbo a nuestro destino nuevamente.
En pleno vuelo, cruzando ahora sí por selva virgen para llegar lo más pronto a Iquitos no dejaba de pensar si todo habría salido bien en verdad, la placenta no había salido, el niño era muy menudito y yo no sabía si eso era propio de su raza o tenía menos tiempo de gestación que el debido, tampoco si había sufrido alguna secuela por el manipuleo que yo había ejercido en él o si él y la madre habrían sido objeto de alguna infección que era muy probable y un sin numero de especulaciones negativas que pasaban por mi atormentada mente.
Por fin después de varios minutos tenía Iquitos a la vista, empecé mi descenso, luego mi aproximación y acuaticé en el río Itaya; una vez que acoderé en la balsa de mi base se acercaron los enfermeros a los que expliqué todo lo sucedido y lo que habíamos hecho, mientras cuidadosamente tomaron a la mujer, su hijo y con el esposo fueron llevados en la ambulancia al hospital.
Juanito, mi ayudante que también era un nativo de la selva con cierta instrucción y más que eso un buen amigo mío que siempre esperaba fielmente mi retorno de cada vuelo, se me acercó y me dijo ofreciéndome un cigarrillo como era su costumbre siempre que yo regresaba, ¿Capi te llevo al hospital? yo le respondí que no, que esperemos un rato para relajarme, entonces te traigo tu cerveza, me dijo con su tono mandón de nana que me causaba mucha simpatía y mientras tomaba mi cerveza y fumaba el cigarrillo le hice el recuento de toda la aventura que acababa de experimentar, en la que intencionalmente demoré cerca de dos horas, hasta que al fin me decidí ir al hospital para averiguar que había sucedido con la madre y el niño, con todo el temor de recibir una mala noticia, por las posibles consecuencias de mi precaria intervención como ocasional partero.
Luego de unos pocos minutos que también se me hicieron eternos llegamos al hospital, Juanito mi ayudante, me dejó en la puerta de emergencias y se fue a estacionar por ahí, yo entré y caminando por los pasillos, las enfermeras me saludaban con sus acostumbradas sonrisas pues me conocían por que iba constantemente llevando enfermos o heridos que traía de diferentes y lejanos lugares, pero yo esperaba que esas sonrisas fueran el presagio de buenas noticias.
Casi por llegar al final de un largo corredor del Hospital encontré al medico de turno que se acercó a mí con la mano extendida para saludarme y al estrechar la mía me dijo las palabras que tanto deseaba escuchar, Capitán todo salió bien, los dos están muy bien. Fue en ese mágico e inolvidable momento en que pude respirar profunda y tranquilamente disipando por fin la terrible tensión que me había embargado por completo las pasadas horas y fue ahí en que pude decir sentidamente gracias Dios mío y Virgen santa.
Finalmente llegó un momento totalmente inesperado para mí y que se ha convertido en la razón de que cuente esta historia.
Continuaba conversando con el doctor y sin haberlo percibido llegar donde yo estaba, tenía a mi lado al esposo de la mujer convertido en padre por primera vez luego de superar lo ocurrido y mirándome con sus ojos sollozos y con las lagrimas en sus mejillas me miró y me dijo con un emocionado sentimiento, “gracias capitán”, en un gran esfuerzo por pronunciarlo bien en castellano, y recostando su cabeza en mi hombro nos estrechamos en un largo y prolongado abrazo, provocando que a mí también me brotaran las lagrimas y recorrieran también mis mejillas, como le ocurría a él
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La razón de contar esta historia, que por el hecho mismo no es nada novedosa pues mucha gente ha vivido situaciones similares en diferentes circunstancias, es hacer notar la verdadera importancia de decir “gracias”, que no solo es por demostrar ser agradecido si no especialmente por el efecto que causa en el que recibe el agradecimiento. Un efecto de indescriptible satisfacción con uno mismo, que se convierte en la mejor recompensa que se puede recibir, al escuchar de forma muy sincera esa corta pero inmensa palabra por su significado, que hace comprender que haber podido ayudar a otro ser humano a ser feliz es más que suficiente razón para seguir haciéndolo, sin importar el riesgo que se corra.
Ese “gracias capitán” que me estremeció por completo, lo he llevado en mí recuerdo durante los 32 años que han pasado desde aquel día y lo llevaré hasta el día en que deje esta vida.
Pablo Bakovic Baixarias.